Después de la muerte de mi madre, me quedé sin casa y seguí visitando el edificio donde crecí. “No mires atrás, ya vendiste”, me dijo la mujer que hizo el trato. Nunca le contesté. Una noche, el nuevo dueño bajó con el recetario que mamá había escondido en el trinchador. Al hablar de la escritura, su rostro cambió de golpe…

Miré aquella llave.

Era pequeña, desgastada, casi sin brillo.

—Porque a veces un objeto es lo único que nos queda de las personas que amamos —dije.

Arturo asintió.

Después sacó otra llave.

Nueva.

Brillante.

—Quiero devolverte tu departamento.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo?

—No quiero que sigas viviendo en una habitación alquilada mientras yo tengo la casa donde creciste.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

Pero negué con la cabeza.

—No puedo aceptarla como regalo.

—Elena…

—Mi madre me enseñó a trabajar por lo que tengo. Si regreso allí, quiero saber que es mi casa por derecho y por mi propio esfuerzo.

Arturo permaneció callado.

Luego sonrió suavemente.

—Entonces haremos las cosas como se debe.

Consultó con sus abogados y preparó una propuesta legal para que la empresa me vendiera el departamento por un millón trescientos cincuenta mil pesos: exactamente la cantidad que yo había recibido.

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