Después de la muerte de mi madre, me quedé sin casa y seguí visitando el edificio donde crecí. “No mires atrás, ya vendiste”, me dijo la mujer que hizo el trato. Nunca le contesté. Una noche, el nuevo dueño bajó con el recetario que mamá había escondido en el trinchador. Al hablar de la escritura, su rostro cambió de golpe…

Mi casera lo observó con enorme curiosidad.

—¿Busca a Elena? Está adentro. Pero aquí no permito que nadie venga a molestarla.

Arturo sonrió.

—No vengo a molestarla. Vengo a pedirle perdón.

Salimos a caminar.

Nos sentamos en una pequeña plaza mientras caía una llovizna.

—Me equivoqué contigo —dijo—. Dejé que Rogelio te desprestigiara porque llevaba años confiando en él.

—Te engañó a ti también.

—Eso no justifica cómo te traté.

No respondí enseguida.

Entonces Arturo me contó algo que nunca habría imaginado.

Cuando era adolescente, su padre perdió el negocio familiar por una deuda.

Los acreedores terminaron quedándose con la casa.

Su madre y él salieron con una maleta.

—Mi mamá guardó durante treinta años una llave de aquella casa. Ya no abría ninguna puerta nuestra, pero nunca quiso tirarla.

Sacó del bolsillo un llavero viejo.

—Cuando murió, me quedé con ella. Y el día que encontré el recetario de tu madre comprendí por qué lo guardaba.

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