Pensé en mamá.
Pensé en lo que habría significado aquel dinero mientras estaba hospitalizada.
Y pensé en todas las personas que, por desesperación, confían en alguien que promete ayudarlas.
—Mamá —susurré—, al final sí teníamos más de lo que nos dijeron.
Pero ya no estabas para saberlo.
Una semana después, Patricia, mi antigua jefa, me llamó.
—Elenita, qué gusto escuchar tu voz. Supe que todo se aclaró. Puedes regresar cuando quieras. Incluso te puedo ofrecer un aumento.
Escuché su propuesta en silencio.
—Patricia, tú sabías que había actuado correctamente.
—Entiéndeme. Tenía que proteger el despacho.
—Y yo necesitaba que alguien protegiera mi reputación.
Ella suspiró.
—No había otra opción.
Miré el recetario de mamá sobre la mesa.
—Siempre hay opciones, Patricia. Tú elegiste la tuya. Ahora yo elijo no regresar.
Colgué sin discutir.
Aquella tarde, Arturo llegó a la casa de doña Socorro.