Iván trató de ofrecerle a papá una parte del negocio a cambio de olvidar el resto. Mi padre no aceptó la primera cifra: pidió inventario, valuación y una propuesta verificable. Después de varias reuniones, acordaron que entregaría determinados equipos, cuya propiedad y valor quedaron documentados, y pagaría el saldo en parcialidades garantizadas. No desapareció mágicamente la deuda; tampoco terminó nadie preso por deber dinero.
Alicia negoció la liquidación de nuestros bienes. La casa heredada siguió siendo de Iván. Las mejoras comprobadas se tomaron en cuenta en las cuentas de la sociedad conyugal. El automóvil se vendió y distribuimos lo que correspondía, después de descontar su financiamiento pendiente.
Mi préstamo de noventa y seis mil pesos provocó las discusiones más amargas. Iván lo llamó ayuda voluntaria; yo presenté su promesa de devolverlo, la transferencia y la cotización cancelada. Terminó reconociéndolo en el convenio y pagándolo en dos depósitos. Ese dinero significaba consultas, pañales y meses de tranquilidad para Mateo.