PARTE 2
Abrí mi correo con Mateo dormido sobre las piernas. Encontré el comprobante del depósito que papá había hecho al taller y un archivo que yo misma había escaneado dos años atrás: el pagaré firmado por Iván. Vencía el veinticinco de enero. Faltaban tres días.
Me quedé mirando la fecha. Iván había organizado nuestra expulsión justo antes de que terminara el plazo para pagar la deuda más grande de su negocio. ¿Esperaba que, avergonzada, yo desapareciera con mi padre y nadie volviera a reclamarle nada?
A la mañana siguiente, papá llegó en una camioneta polvosa acompañado por tres abogados. No llevaba regalos ni una expresión de triunfo. Me abrazó con un cuidado que me hizo llorar de nuevo y después pidió ver a su nieto.
—Hola, muchachito —susurró—. Soy el abuelo que debió venir antes.