Nadia se fue de la casa a las pocas semanas. No fue porque supiera cuánto dinero debía Iván, sino porque, según me escribió, él también le había mentido sobre nuestra separación y quería revisar su celular. Me pidió perdón por la fotografía. Acepté las disculpas sin convertirlas en amistad. La bloqueé después. No necesitaba seguir enterándome de su vida.
Silvia, en cambio, tardó mucho más en aceptar lo sucedido. Primero me llamó para pedirme que convenciera a papá de perdonar el préstamo. Luego aseguró que yo quería alejar a Mateo de su familia paterna.
—Usted lo vio salir de su casa recién nacido —le recordé—. No me pregunte ahora por qué no confío en sus promesas.
—Me equivoqué —dijo al fin.
El divorcio avanzó aparte. Hubo tardes en que extrañé al hombre encantador que había conocido, pero no volví. La sentencia no borró sus deberes como padre. Se establecieron convivencias graduales de acuerdo con las necesidades de Mateo. No iba a utilizar a mi hijo para castigar a Iván, ni permitir que las promesas sustituyeran sus obligaciones.