La noche anterior a la mudanza, Lucía entró en mi cuarto. Traía el dibujo de bienvenida que había hecho dos años atrás, doblado por las esquinas.
—Abuela, yo sí quería tu cuarto —confesó—. Pero no quería que te fueras triste.
—No tienes que elegir entre querer un escritorio y quererme a mí.
—Papá dijo que tú estarías mejor con gente de tu edad.
—Tal vez conozca más gente. Pero eso me corresponde decidirlo a mí.
La abracé. Le prometí que seguiríamos viéndonos los sábados, aunque no le di mi nueva dirección. Necesitaba un poco de distancia de sus padres, no de ella ni de Mateo.
Al día siguiente recogí la taza azul y el letrero de la cochera. Paola me ayudó a cargar dos cajas. Andrés preguntó si podía contratarme una camioneta.
—Ya está pagada —le dije.