A los 71 años, gané en secreto 89 millones de dólares. Tres meses después, durante la cena, mi hijo me preguntó: «Mamá, ¿cuándo vas a buscar otro lugar donde vivir?». Me fui sin discutir. Apenas seis días después, compré la casa que él y su familia siempre habían soñado con tener, y lo hice a través de una empresa cuyo nombre él había visto innumerables veces sin darse cuenta de su importancia.

PARTE 2
—¿Ya revisaron los papeles de la casa? —pregunté.

—Todavía no. Por eso no voy a dejar que entregues un peso hasta revisar el folio real, los gravámenes y el contrato —contestó Clara.

Aquella respuesta me tranquilizó más que el saldo de mi cuenta. Había vivido cuarenta y cuatro años con un hombre que medía dos veces antes de cortar una tabla. No iba a gastar millones por un arranque de orgullo.

Clara me presentó a Amalia Robles, una asesora inmobiliaria ajena a los negocios de Andrés. Fuimos juntas a la calle de los Naranjos. La jacaranda dejaba flores moradas sobre las baldosas. En la terraza todavía había un columpio de madera; dentro, olía a polvo y pintura vieja.

—El inversionista pagó nueve millones trescientos mil —me explicó Amalia—. Pide once millones cuatrocientos mil porque ya pagó estudios y trámites del proyecto.

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