—¿Cuánto vale realmente?
Amalia me mostró ventas comparables. Un arquitecto revisó humedades, techos e instalaciones. La restauración sería cara, pero la estructura estaba sana. Ofrecí once millones doscientos mil, condicionados a que entregaran la propiedad sin comenzar la demolición.
Aceptaron. El sexto día después de aquella cena firmé, mediante Segunda Taza Inmuebles, un contrato de compraventa con anticipo y fecha para formalizar la escritura ante notario. El dinero salió de una cuenta de la sociedad, con documentación bancaria de su origen. Tres semanas después se hizo la escrituración y el pago final. La sociedad figuró como propietaria en el Registro Público, aunque ante el notario y el banco quedó identificada la persona que estaba detrás de ella. No pretendía esconder el dinero de las autoridades; solo proteger mi vida privada.
Andrés jamás apareció en las negociaciones. Tampoco le encargué a nadie que lo humillara. Comprar aquella casa era una forma de recuperar mi independencia, no un espectáculo.