Mientras tanto, en Juriquilla, Paola empezó a preguntarme todos los días cuándo desocuparía el cuarto.
—Ya encontramos un escritorio que cabe junto a la ventana —comentó delante de Lucía.
—Voy a irme en tres semanas —respondí—. Pero no estoy enferma ni necesito que me inscriban en una residencia. Yo decidiré dónde vivir.
Andrés frunció el ceño.
—Solo queremos ayudarte.
—Entonces respeta mi decisión.
Fue la primera vez en mucho tiempo que lo vi quedarse sin palabras.
Aquella semana, mientras guardaba mis cosas, encontré una carpeta que Paola había dejado sobre la mesa de la cocina. Arriba había un recibo de Los Fresnos y una nota de pago vencido. No abrí la carpeta. Cuando se la entregué, Paola palideció.
—¿Leíste esto?
—Vi el nombre del lugar. Nada más.
—Mi mamá vive ahí —murmuró—. Tiene problemas de memoria.
No quiso explicar más. Pero recordé sus turnos dobles, las llamadas y aquella frase sobre mantener a otro adulto. Comprendí que había algo detrás de su dureza. Todavía no sabía cuánto.