El segundo día comenzó con una búsqueda desesperada de niñera.
Daniel tenía que regresar a la oficina. Había llamado a tres personas, pero ninguna podía cubrir el horario que necesitaba con tan poca anticipación.
Por fin encontró a Rosa, una mujer de cincuenta años con experiencia cuidando niños pequeños y referencias comprobables.
Acordamos entrevistarla juntos, porque la seguridad de Sofía no formaba parte de ningún experimento.
Rosa conoció a nuestra hija, preguntó por sus horarios, alergias y alimentación, y explicó claramente las condiciones de su trabajo.
Daniel escuchó hasta que ella mencionó sus honorarios.
—¿Mil pesos por ocho horas?
—Así es, señor. Es una jornada completa de cuidado infantil.
—¿Y también puede cocinar y hacer la limpieza?
Rosa sonrió educadamente.
—Puedo preparar la comida de la niña y recoger lo que utilicemos. Pero si necesita que limpie toda la casa, lave ropa y prepare la cena de los adultos, estaríamos hablando de otras funciones.