Daniel me miró.
Yo no dije nada.
—Entiendo —respondió finalmente.
Cuando Rosa se marchó, mi esposo abrió la calculadora del celular.
—Cinco días serían cinco mil pesos.
—Exactamente.
—¡Veinte mil en cuatro semanas!
—Y eso sin contar las noches ni los fines de semana.
Daniel volvió a revisar mi presupuesto.
Por primera vez no lo llamó exagerado.
Contratamos a Rosa por tres días para que Daniel pudiera cumplir sus responsabilidades laborales. Acordamos pagarle con parte del dinero que habíamos reservado para unas vacaciones.
No era una solución permanente. Era una forma de comprobar lo que costaba sustituir una parte de mi trabajo.
Esa noche, Daniel regresó a casa y descubrió otra realidad.
Rosa había cuidado perfectamente a Sofía, pero el refrigerador estaba casi vacío, había ropa esperando ser lavada y nadie había preparado su cena.
—¿Qué podemos comer? —preguntó.
—Lo que decidas cocinar.