“¡Yo mantengo esta casa y tú no haces nada!”, me gritó mi esposo delante de nuestra hija de 18 meses. Luego exigió que buscara empleo y que cada quien se mantuviera solo. En vez de suplicarle, le entregué una factura por $36,500 pesos y acepté su desafío: él cuidaría a nuestra hija durante una semana. Lo que pasó la primera mañana cambió nuestra discusión por completo…

Por primera vez en meses, en lugar de dedicar la siesta de mi hija a las tareas domésticas, me senté a terminar mis cuentas.

Daniel llegó a las siete y media.

—¿Qué hay de cenar?

—Quedó sopa de ayer.

—¿Otra vez? ¿Estás haciendo esto para molestarme?

—Estoy haciendo lo que tú dijiste: ocuparme de mis propias necesidades.

Su rostro se endureció.

—No empieces con tus jueguitos.

Puse una hoja frente a él.

—Antes de discutir, lee esto.

Daniel tomó el papel con evidente fastidio.

Había escrito un presupuesto mensual aproximado:

    Cuidado infantil durante jornadas completas: $18,000.
    Preparación de comidas: $7,000.
    Limpieza doméstica: $5,000.
    Lavado y planchado: $3,000.
    Compras, citas médicas y administración del hogar: $3,500.

TOTAL MENSUAL ESTIMADO: $36,500 PESOS.

Daniel abrió los ojos.

—¿Treinta y seis mil quinientos? ¡Estás loca!

—Es una comparación de costos, Daniel. No una deuda que tengas que pagarme.

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