Me sorprendió descubrir que llevaba meses trabajando desde las seis de la mañana hasta después de medianoche, sin un solo día verdaderamente libre.
Al mediodía, doña Elvira pasó a visitarme.
Le mostré mis cálculos.
—¡Virgen santísima! —exclamó al ver el resultado—. ¿Y todavía te dice que no aportas nada?
—No quiero cobrarle por ser mamá —le expliqué—. Quiero que entienda que cuidar una familia exige tiempo y esfuerzo. Que si yo dejara de hacerlo, alguien tendría que hacerlo por mí.
Doña Elvira asintió.
—Entonces no se lo expliques solamente. Haz que lo experimente.
Esa misma tarde tomé una decisión.
Preparé la comida de Sofía, atendí sus necesidades y organicé todo lo indispensable para ella, pero no cociné la cena de Daniel ni planché sus camisas.
También revisé el contrato de la guardería. El anticipo podía recuperarse parcialmente si cancelábamos antes de la fecha de ingreso.