—Perdóname, Mariana. Creo que he repetido cosas que a mí también me hicieron sufrir.
Aquella conversación nos dejó pensando a todos.
Especialmente a Daniel.
El cuarto día, Sofía se despertó varias veces durante la madrugada.
Daniel había insistido en encargarse de la rutina nocturna, mientras yo permanecía disponible si necesitaba apoyo.
A las dos y media lo encontré caminando lentamente por el pasillo con nuestra hija en brazos.
—¿Todo bien? —pregunté.
—Sí. Solo está inquieta.
Sofía tenía la carita apoyada sobre su hombro.
—Puedes pedirme ayuda —le recordé.
Daniel negó con la cabeza.
—Quiero intentarlo. Tú has pasado demasiadas noches así.
Me quedé observándolo desde la puerta.
Hacía mucho tiempo que no lo veía cargar a nuestra hija con tanta paciencia.
A la mañana siguiente estaba agotado.
Preparó café, pero olvidó ponerle azúcar. Salió a trabajar con dos calcetines diferentes y dejó el almuerzo sobre la mesa.