Volví antes de lo previsto de mi viaje de trabajo y encontré a mi marido arrodillado, subiéndose el cierre del vestido a su secretaria en nuestra propia recámara. “Ya preparé el divorcio; ella no podrá hacer nada”, presumió. No grité ni los enfrenté. Me fui con el reloj que pensaba regalarle y tomé una decisión sobre la empresa que cambiaría todos sus planes.

Al día siguiente, llegué a las oficinas de Santa Fe dieciocho minutos antes de la reunión. Ricardo se puso de pie furioso.

—¡Se acabó! Aquí el que manda soy yo.

En ese instante, un asistente anunció la llegada de los representantes de Horizonte Capital. Alejandro Ortega entró acompañado de dos abogados y un director financiero. Era un hombre de cuarenta años, elegante, de expresión serena y mirada firme.

—Buenos días a todos —saludó Alejandro con calma.

Ricardo lo miró con desdén.

—Mister Ortega, ¿qué significa esto?

Alejandro abrió una carpeta ejecutiva.

—Su esposa firmó con nuestro grupo un contrato de representación y administración para sus acciones, lo cual incluye el ejercicio de sus derechos corporativos y de voto. Además, hemos firmado un acuerdo para la adquisición de su paquete accionario, sujeto a las formalidades correspondientes.

Ricardo se quedó pálido.

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