Volví antes de lo previsto de mi viaje de trabajo y encontré a mi marido arrodillado, subiéndose el cierre del vestido a su secretaria en nuestra propia recámara. “Ya preparé el divorcio; ella no podrá hacer nada”, presumió. No grité ni los enfrenté. Me fui con el reloj que pensaba regalarle y tomé una decisión sobre la empresa que cambiaría todos sus planes.

—¡Estás loca! ¡Humillaste a mi madre frente a toda la familia!

—A ti no te importa cómo estoy yo, solo te importa el qué dirán —le contesté—. Habrá una junta extraordinaria de accionistas mañana a las nueve. Te sugiero que asistas.

Ricardo soltó una carcajada.

—¿Junta de accionistas? No tienes idea de cómo funciona la empresa. Sin mí, este negocio no vale nada.

Y le colgué.

Durante las siguientes horas, el abogado Miguel terminó de revisar los estatutos de AR Soluciones Digitales y la documentación de una operación que habíamos estado negociando discretamente.

La empresa tenía una oferta firme por mis acciones de 180 millones de pesos. El comprador era Horizonte Capital, un importante fondo de inversión dirigido por Alejandro Ortega. A diferencia de Ricardo, Alejandro había analizado nuestros estados financieros, el valor de nuestros contratos y el verdadero potencial de crecimiento de la compañía. No necesitaba las falsas promesas de mi marido para reconocer lo que yo había construido.

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