Volví antes de lo previsto de mi viaje de trabajo y encontré a mi marido arrodillado, subiéndose el cierre del vestido a su secretaria en nuestra propia recámara. “Ya preparé el divorcio; ella no podrá hacer nada”, presumió. No grité ni los enfrenté. Me fui con el reloj que pensaba regalarle y tomé una decisión sobre la empresa que cambiaría todos sus planes.

—¡Ana! ¿Qué vergüenza es esta? —grito mi suegra.

Tomé el micrófono y respondí:

—Pregúntele a su hijo por qué está preparando nuestro divorcio. Y de paso, pregúntele quién estuvo anoche usando mi vestido favorito en nuestra recámara.

El salón quedó completamente en silencio.

Entonces mi suegra se acercó y me susurró algo que me hizo comprender que la traición era mucho más grande de lo que imaginaba.

—Tonta, tú no sabes lo que Ricardo y yo ya tenemos preparado para ti.


PARTE 2

—¿Qué fue lo que dijo? —pregunté, mirándola fijamente.

Beatriz recuperó rápidamente la sonrisa.

—Nada que le concierna. Si fuera inteligente, dejaría de causar problemas y aceptaría lo que mi hijo decida.

Esas palabras fueron suficientes. Mi suegra no solo sabía de la infidelidad: sabía que Ricardo estaba tramando algo en mi contra.

Dejé el micrófono sobre la mesa, me disculpé con los presentes por haber arruinado la celebración y salí del salón. Mi teléfono comenzó a sonar antes de que llegara al estacionamiento. Era Ricardo.

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