Volví antes de lo previsto de mi viaje de trabajo y encontré a mi marido arrodillado, subiéndose el cierre del vestido a su secretaria en nuestra propia recámara. “Ya preparé el divorcio; ella no podrá hacer nada”, presumió. No grité ni los enfrenté. Me fui con el reloj que pensaba regalarle y tomé una decisión sobre la empresa que cambiaría todos sus planes.

—Mi amor, deberías descansar y dejarme manejar la empresa —propuso—. Tú ya trabajaste demasiado. Ahora déjame ocuparme de todo.

Sonrié.

—Quizá tengas razón.

Su expresión de alivio confirmó mis sospechas.

Esa misma tarde llamó mi suegra, Beatriz.

—Ana, el sábado se casa mi sobrina. Quiero que entregues un sobre generoso. No vayas a dejarnos en ridículo frente a la familia.

Durante diez años aquella mujer me había tratado como una intrusa, aunque disfrutaba presumiendo el dinero que yo ganaba.

—No se preocupe, señora Beatriz. Llevaré algo que nadie olvidará.

El sábado llegué elegantemente vestida al salón de fiestas en Polanco. Mi suegra me presentó ante todos como la esposa del exitoso empresario Ricardo Mendoza.

Cuando llegó el momento de entregar nuestro regalo, saqué un sobre grueso.

Beatriz sonrió orgullosa.

Pero al abrirlo frente a los invitados, dejé caer únicamente veinte pesos y varias hojas blancas.

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