Diez años después, nuestra compañía tenía oficinas en Santa Fe, más de ochenta empleados y contratos con importantes empresas nacionales.
Yo conservaba el 69% de las acciones. Ricardo tenía el 21% y otros inversionistas poseían el resto.
Sin embargo, durante los últimos años, mi esposo había comenzado a presentarse como el único responsable de nuestro éxito.
Hasta aquella noche había permitido que lo hiciera por mantener la paz familiar.
A las dos de la madrugada llamé al licenciado Miguel Salcedo, viejo amigo de mi padre y especialista en derecho corporativo.
—Don Miguel, necesito proteger mis acciones y encontrar un comprador. También quiero divorciarme.
—¿Ricardo sabe que estás haciendo esto?
—Todavía no. Y necesito que siga siendo así.
A la mañana siguiente regresé a casa como si nada hubiera sucedido.
Ricardo me recibió con una sonrisa y un desayuno que incluía queso, aunque sabía perfectamente que yo era intolerante a la lactosa.