En mis manos llevaba un reloj de lujo que había comprado para él durante el viaje. Se me resbaló y cayó sobre el mármol.
El ruido hizo que ambos guardaran silencio.
No grité. No abrí la puerta. Recogí el reloj roto y salí de aquella casa donde había construido mis mejores recuerdos.
Esa noche terminé en una cafetería de la Ciudad de México, mirando fotografías antiguas.
Conocí a Ricardo cuando todavía estudiábamos. No tenía dinero ni contactos, pero hablaba de sus sueños con tanta pasión que terminé creyendo en ellos.
Cuando nos casamos, mis padres me entregaron tres millones de pesos para comenzar nuestra vida. Invertí ese dinero en una empresa de tecnología que fundamos juntos: AR Soluciones Digitales.
Yo conseguí los primeros clientes, negocié contratos y trabajé hasta el último mes de mi embarazo. Ricardo se encargó de dirigir las operaciones.