—No puedes gobernar una empresa con sentimientos —le reclamó un consejero.
—Tampoco puedes sostenerla con gente rota —respondió Mateo.
Viviana comenzó a acompañarlo en algunas visitas. Le costaba aceptar que durante años había confundido exigencia con liderazgo. Había construido una compañía admirada desde afuera, pero desconocía los nombres de quienes limpiaban su oficina.
Emiliano también sintió el cambio. Por primera vez, su padre podía llevarlo a la escuela sin quedarse dormido en el transporte. Sin embargo, una tarde preguntó algo que Mateo no esperaba.
—¿Ya no vas a arreglar cosas?
Mateo sonrió.
—Ahora intento arreglar otras.
1 año después, la empresa redujo casi a la mitad la rotación de personal. Los accidentes disminuyeron y otras compañías comenzaron a copiar el modelo. Los medios buscaron convertir a Mateo en celebridad, pero él rechazó entrevistas individuales. Siempre pedía que hablaran los trabajadores beneficiados.