—El dinero salió de un fondo que mi esposo y yo ayudamos a crear. Pero ese dinero no era un regalo personal, hijo. Era una forma de cumplir una promesa.
—¿Qué promesa?
—Que ninguna familia de nuestra unidad tuviera que enfrentar sola una desgracia.
Salgado comenzó a llorar.
No hizo ningún esfuerzo por ocultarlo.
—Yo la traté como si fuera una estafadora —susurró—. La amenacé. Me burlé de su edad.
—Sí, lo hiciste.
—Y usted ayudó a mi mamá cuando no teníamos ni para comer.
—Eso no cambia lo que sucedió en el comedor.
Levantó la cabeza, sorprendido.
—Quiero que entiendas algo, muchacho. No me debías respeto porque fui teniente ni porque ayudé a tu familia. Me debías respeto porque soy una persona.
Se cubrió el rostro.
—Tiene razón.
El coronel Mendoza intervino.
—Su conducta tendrá consecuencias, sargento. Presentará un informe, recibirá una amonestación formal y deberá responder por la amenaza que hizo delante de sus subordinados.