Tengo 81 años y estaba comiendo sola en el comedor del Ejército cuando un joven sargento me humilló delante de 200 soldados: “¿Qué rango tenía usted en la Edad de Piedra?”. Después intentó arrancarme la vieja insignia de latón del abrigo. Yo no discutí; solo señalé la placa detrás de él y dije: “Lea mi nombre”. Cuando terminó de leerla, descubrió por qué su padre había logrado regresar vivo a casa.

Se frotó las manos nerviosamente.

—Entonces llegó una carta del banco. Decía que una organización de apoyo a familias militares pagaría parte de nuestros gastos. Después le ofrecieron a mi mamá una beca para estudiar enfermería.

Yo conocía aquellos detalles.

Había leído las solicitudes años atrás.

Recordaba especialmente una carta escrita a mano por Rosa María.

En ella explicaba que deseaba convertirse en enfermera porque durante los últimos días de su esposo había conocido a una mujer que lo cuidó sin descanso.

Aquella mujer había sido yo.

—Tu mamá terminó sus estudios, ¿verdad? —pregunté.

—Sí. Trabaja en un hospital de Toluca. Dice que fue lo mejor que pudo hacer por nosotros.

Su voz se quebró.

—También pagaron parte de mi preparatoria. Nunca supimos quién nos ayudaba.

Me observó fijamente.

—¿De verdad era usted?

Acaricié el viejo distintivo.

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