Parte 2: El comedor quedó completamente silencioso.
Salgado miró al coronel y después volvió los ojos hacia mí.
—¿Mi padre? —preguntó con un hilo de voz.
El coronel Ricardo Mendoza no respondió inmediatamente.
Primero me ofreció una silla y esperó a que me sentara.
—Señora Elena, le ofrezco una disculpa por lo ocurrido. Su visita estaba autorizada desde hace 2 semanas.
Después se volvió hacia el sargento.
—Preséntese en mi oficina a las 13:30. Acompañado de su superior inmediato.
—Sí, mi coronel.
El joven intentó decirme algo.
—Señora, yo…
—Después hablaremos, hijo —lo interrumpí.
Aquella palabra pareció desconcertarlo más que cualquier reprimenda.
Cuando salió del comedor, el coronel se sentó frente a mí.
—No tenía idea de que Salgado desconociera su historia.
—Tampoco sabía que era hijo de aquel muchacho —respondí.
Mi mano descansaba sobre el distintivo de mi abrigo.
Durante más de 50 años había conservado aquella insignia.