Todo comenzó en 1973, cuando yo tenía 28 años y trabajaba como enfermera militar.
Mi hermano menor, Julián, también pertenecía al Ejército.
Era un joven alegre, incapaz de quedarse quieto, que me escribía cartas desde su destacamento.
En su última carta me prometió que regresaríamos juntos a Puebla para celebrar el cumpleaños de nuestra madre.
Nunca volvió.
Murió durante una operación de auxilio en una región montañosa, cuando el vehículo en el que viajaba cayó por una pendiente.
Tenía 19 años.
Después de su entierro, pedí incorporarme a una unidad sanitaria que atendía emergencias en zonas de difícil acceso.
No podía cambiar lo que había sucedido con Julián.
Pero necesitaba hacer algo por otros jóvenes que todavía podían regresar con sus familias.
Años después, durante una operación de rescate tras un desastre natural, nuestro destacamento recibió decenas de heridos.