Ahora tenía una mano apoyada sobre el hombro de aquel soldado.
Mateo levantó la vista hacia la pared.
Leyó lentamente las palabras escritas debajo de la placa.
“Nunca dejamos atrás a los nuestros”.
Después tomó su cuchara y comenzó a comer.
Yo miré a Salgado.
Él me devolvió la mirada y sonrió.
Entonces comprendí algo que me habría gustado decirle a Julián muchos años atrás.
El verdadero honor no está en las medallas, en los rangos ni en los nombres grabados sobre una pared.
Está en las personas a las que ayudamos a levantarse.
Y en aquellas que, después de recibir una mano, aprenden a extender la suya hacia alguien más.