Se llamaba Mateo.
Tenía los ojos hinchados y apenas había probado su comida.
—La teniente Valdés quiere contarte algo —le dijo Salgado.
El joven miró mi distintivo.
Le hablé de Julián, mi hermano menor.
De mi esposo Arturo.
De los 41 soldados que regresaron con vida.
Y de las muchas familias que habían aprendido a seguir adelante después de perder a alguien.
Mateo permaneció callado.
Finalmente preguntó:
—¿Alguna vez deja de doler?
Pensé en mi hermano.
Habían pasado más de 50 años y todavía recordaba su voz prometiendo que regresaría para el cumpleaños de nuestra madre.
—No siempre, hijo —respondí—. Hay ausencias que nunca desaparecen.
El muchacho bajó la mirada.
Entonces le tomé suavemente la mano.
—Pero con el tiempo aprendes que no tienes que cargar con ellas tú solo.
Salgado estaba sentado a su lado.
El mismo hombre que una vez me había ordenado quitarme la insignia.