Tengo 81 años y estaba comiendo sola en el comedor del Ejército cuando un joven sargento me humilló delante de 200 soldados: “¿Qué rango tenía usted en la Edad de Piedra?”. Después intentó arrancarme la vieja insignia de latón del abrigo. Yo no discutí; solo señalé la placa detrás de él y dije: “Lea mi nombre”. Cuando terminó de leerla, descubrió por qué su padre había logrado regresar vivo a casa.

Se llamaba Mateo.

Tenía los ojos hinchados y apenas había probado su comida.

—La teniente Valdés quiere contarte algo —le dijo Salgado.

El joven miró mi distintivo.

Le hablé de Julián, mi hermano menor.

De mi esposo Arturo.

De los 41 soldados que regresaron con vida.

Y de las muchas familias que habían aprendido a seguir adelante después de perder a alguien.

Mateo permaneció callado.

Finalmente preguntó:

—¿Alguna vez deja de doler?

Pensé en mi hermano.

Habían pasado más de 50 años y todavía recordaba su voz prometiendo que regresaría para el cumpleaños de nuestra madre.

—No siempre, hijo —respondí—. Hay ausencias que nunca desaparecen.

El muchacho bajó la mirada.

Entonces le tomé suavemente la mano.

—Pero con el tiempo aprendes que no tienes que cargar con ellas tú solo.

Salgado estaba sentado a su lado.

El mismo hombre que una vez me había ordenado quitarme la insignia.

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