Comíamos juntos en el patio.
La joven Jiménez me contaba que había ingresado al Ejército porque quería demostrarle a su madre que podía construir una vida independiente.
Otros compañeros hablaban de sus hijos, sus preocupaciones y sus planes.
Y Salgado escuchaba mucho más de lo que hablaba.
El segundo sábado llegó acompañado de una mujer.
Era bajita, tenía el cabello recogido y llevaba todavía el uniforme de enfermera.
La reconocí inmediatamente.
—Rosa María…
Ella se quedó inmóvil.
Después subió los escalones y me abrazó.
—Durante tantos años quise encontrarla —susurró.
—No tenías que hacerlo.
—Claro que sí.
Se apartó para mirarme.
—Cuando Andrés murió, pensé que jamás volvería a levantar cabeza. Tenía 2 hijos pequeños y un miedo que no me dejaba dormir.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.