Hizo una pausa.
—Esa visitante es la teniente retirada Elena Valdés. Su nombre está en la placa de nuestro comedor por haber participado en el rescate y la atención de 41 compañeros durante una emergencia.
Se le quebró la voz.
—También fue una de las personas que salvaron a mi padre cuando era joven. Yo desconocía esa historia, pero eso no justifica mi comportamiento.
Después se volvió hacia Jiménez.
—Y a usted, soldado, le debo otra disculpa. Intentó hacer lo correcto y yo utilicé mi rango para callarla.
La muchacha lo miró sorprendida.
Salgado terminó con una frase que todavía recuerdo:
—Una insignia no hace honorable a un soldado. Sus actos son los que deben darle honor.
No hubo aplausos.
Solo un silencio respetuoso.
Y aquella mañana comprendí que el muchacho había empezado a cambiar.
Pasaron 3 semanas.
Una mañana de sábado escuché varios vehículos detenerse frente a mi casa.