Su hija alcanzó a susurrar “Papá, ayúdame” antes de que la llamada muriera; al llegar, encontró al yerno con un bate y una frase escalofriante: “Tuvo que ser disciplinada”… pero la mansión escondía algo peor.

Ricardo comprendió que Camila había llamado a Gabriel para advertirle y preparar la emboscada. No había desconfiado de todos los agentes federales, sino únicamente de los enviados por la fiscalía controlada por Ernesto Cárdenas.

Elena apareció en la puerta de una ambulancia estacionada detrás de la casa. Había insistido en acudir para identificar a Ricardo y llevaba un grabador sujeto bajo el abrigo.

—También grabamos su oferta —dijo ella—. Y la confesión sobre mi madre.

Ricardo sacó una pistola.

Gabriel lo alcanzó antes de que pudiera apuntar. Sujetó su muñeca, giró el brazo y lo derribó sobre el barro. Los policías lo rodearon.

—No sabes a quiénes estás enfrentando —escupió Ricardo.

Gabriel se inclinó sobre él.

—Sé por qué vine. Mi hija pidió ayuda.

Elena comenzó a temblar. Gabriel corrió a abrazarla.

—Perdóname —susurró ella—. Pensé que regresar a casa después de todo esto sería una vergüenza.

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