—No necesitan regalos. Necesitan que esté presente.
Samuel se sentó en el piso.
Leo lo observó con desconfianza. Nicolás, el más inquieto, tomó su corbata y tiró con fuerza.
Samuel rio y después lloró.
—Hola —susurró—. Soy su papá. Todavía estoy aprendiendo a merecer esa palabra.
Valeria vio la sesión detrás de un cristal. No sintió amor por él. Tampoco deseo de venganza.
Sintió algo más difícil: esperanza vigilada.
Beatriz fue declarada culpable 14 meses después. Durante el juicio insistió en que había salvado a Samuel de la pobreza y protegido el legado Alcázar.
Teresa declaró sin levantar la voz.
—La pobreza nunca me habría impedido amar a mi hijo. Usted tuvo todo el dinero del mundo y aun así no supo quererlo sin adueñarse de él.
La sentencia fue de 22 años.
Desde prisión, Beatriz envió cartas a Valeria, a Samuel y hasta a los gemelos. Valeria guardó las destinadas a los niños en un archivo sellado para que ellos decidieran, cuando fueran adultos, si querían leerlas.