—Pero tú llegaste cuando yo tenía once días.
—Lo sé.
—No recuerdo un mundo sin ti.
—Yo sí recuerdo uno sin ti.
Se quedó mirando sus manos.
—Y también recuerdo a Ana.
Aquello cambió el aire de la habitación.
—¿La querías?
—Mucho.
—Entonces ¿por qué borraste sus fotos?
—Porque cada vez que te parecías a ella, me recordaba que algún día ibas a preguntar.
Las palabras fueron crueles.
Pero honestas.
Mi padre se levantó.
—Esto ya es suficiente.
—No —dije—. Déjala terminar.
Mi madre lloraba abiertamente.
—Al principio guardaba sus cosas.
—¿Qué pasó?
—Empecé a quitarlas.
Una foto.
Luego otra.
Una caja.
Un vestido.
—¿Las tiraste?
—No.
Eso me sorprendió.
—Entonces ¿dónde están?
Miró a mi padre.
—En un almacén.
Él se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Nunca las destruí.
—Me dijiste que se habían perdido durante la
mudanza.