—¿Tomaste dinero del fideicomiso?
Ésa era la pregunta que más miedo me daba hacer.
Mi madre negó de inmediato.
—No.
Miré a mi padre.
—¿Es verdad?
—Hasta donde pude revisar, sí.
—¿Entonces nunca usaste nada?
Ella se secó las lágrimas.
—Los gastos permitidos para ti cuando eras pequeña se pagaban desde una cuenta separada administrada legalmente. Yo nunca tuve acceso libre al capital.
Eso cambió algo.
No lo suficiente.
Pero algo.
—Entonces no querías robarlo.
—No.
—Querías seguir decidiendo.
Bajó la mirada.
—Sí.
Por fin una respuesta limpia.
—¿Por qué?
—Porque pensé que cuando vieras todo esto, ibas a irte.
La miré.
—¿Irme a dónde?
—No sé.
—Ana está muerta.
—Lo sé.
—Mi padre biológico también.
—Lo sé.
—Entonces ¿de quién creías que ibas a perderme?
Tardó mucho.
—De mí misma.
No entendí.
Ella respiró.
—Toda tu vida he sabido que había una versión de tu historia en la que yo era la mujer que llegó después.