“¡Pínchale el talón al muerto!”, me advirtió una mujer sin hogar. A la mañana siguiente, un médico me entregó un hombre con certificado de defunción, mientras su esposa preguntaba por el notario. Esperé a quedarme sola, le quité el calcetín izquierdo y descubrí algo que llevaba cuarenta años intentando olvidar.

—¿Recuerdas el nombre de la notaría? —pregunté.

—No. Patricia dijo que era un trámite para que pudiera representarme si me enfermaba. Fuimos juntos hace meses. Firmé delante de un empleado. Luego me llevó otros documentos al taller. Confiaba en ella.

Con su permiso, anoté sus recuerdos para que pudiera repetirlos ante Mariana cuando se encontrara mejor. Le recomendé pedir copia del poder y revisar el registro de su vivienda. Mi uniforme no me convertía en investigadora, pero podía ayudarlo a ordenar los hechos.

Andrés reparaba maquinaria agrícola y tenía seis empleados. Compró la casa años antes de conocer a Patricia, una contadora que acabó administrándole el taller. Después de una lesión de espalda, delegó cada vez más trámites.

—Me preparaba las pastillas cada mañana —recordó—. Decía que eran vitaminas y algo para dormir mejor. Cuando protestaba porque estaba mareado, se enojaba. Me decía que yo no valoraba sus cuidados.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *