“¡Pínchale el talón al muerto!”, me advirtió una mujer sin hogar. A la mañana siguiente, un médico me entregó un hombre con certificado de defunción, mientras su esposa preguntaba por el notario. Esperé a quedarme sola, le quité el calcetín izquierdo y descubrí algo que llevaba cuarenta años intentando olvidar.

Le sugerí conservar sus mensajes con Patricia. En uno de seis semanas atrás, ella le pedía llevar su identificación a la notaría. Él respondió que no quería vender la casa. Patricia contestó: «No vamos a vender nada. Es por si vuelve a pasar lo de tu espalda».

Era una conversación sencilla. Precisamente por eso importaba.

Andrés consiguió, con su abogado, la escritura y el historial registral. Patricia había vendido la casa meses atrás usando un poder que él admitía haber firmado sin comprender sus alcances. El comprador había pagado mucho menos que su valor comercial. La Fiscalía rastreaba el dinero.

Su abogado pidió los documentos originales a la notaría, impugnó la operación por la vía civil y solicitó impedir otra venta mientras se resolvía el caso. La Fiscalía investigaría los posibles delitos. Nadie iba a devolverle la casa solo por su palabra.

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