“¡Pínchale el talón al muerto!”, me advirtió una mujer sin hogar. A la mañana siguiente, un médico me entregó un hombre con certificado de defunción, mientras su esposa preguntaba por el notario. Esperé a quedarme sola, le quité el calcetín izquierdo y descubrí algo que llevaba cuarenta años intentando olvidar.

—Usted es la enfermera que me encontró, ¿verdad?

Asentí.

—Dicen que mi esposa intentó matarme —susurró—. Pero hay algo que nadie entiende. El último día que estuve bien, Patricia me hizo firmar unos papeles. Me aseguró que eran para pagar las nóminas del taller. Después me dijo una cosa que pensé que era una broma.

Se quedó mirando la puerta.

—Me dijo: «Pronto vas a dejar de ser dueño de tus problemas». ¿Qué fue exactamente lo que firmé?

PARTE 3

No contesté lo que no sabía. Había pasado demasiados años imaginando respuestas sobre mi propia vida como para inventarle una a él.

—Eso lo tendrán que revisar contigo y con un abogado —le dije—. Yo puedo decirte lo que vi: el doctor presentó un certificado de defunción y tú seguías respirando.

Andrés apretó los ojos. Tenía las manos ásperas, como las de alguien que trabajaba con herramienta, y una cicatriz pequeña junto al pulgar. No se parecía al recién nacido que había sostenido. Nadie puede reconocer cuarenta años en una cara. Por eso me aferré a los hechos.

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