“¡Pínchale el talón al muerto!”, me advirtió una mujer sin hogar. A la mañana siguiente, un médico me entregó un hombre con certificado de defunción, mientras su esposa preguntaba por el notario. Esperé a quedarme sola, le quité el calcetín izquierdo y descubrí algo que llevaba cuarenta años intentando olvidar.

—¿Y lo del talón? —pregunté.

—No sabía si serviría. Mi abuela decía que los muertos no sienten nada. Necesitaba que lo revisaras, no que confiaras en mí. Tenía miedo de que ese doctor te convenciera también.

Le expliqué que una reacción aislada no bastaba para saber si alguien vivía, pero su advertencia había logrado que examinara al hombre en lugar de aceptar una firma. Le pedí que declarara ante el Ministerio Público y la acompañé a presentar su testimonio. No quise dejar su palabra flotando como otro rumor sobre una indigente.

Esa misma tarde saqué de una caja metálica la copia amarillenta del documento de nacimiento de mi bebé. Andrés, nacido el 14 de marzo de 1986. También conservaba una hoja de trabajo social con la referencia del albergue al que lo habían llevado. No podía consultar por mi cuenta un expediente de adopción ajeno. Tampoco iba a acercarme a un paciente inconsciente para anunciarle que era su madre basándome en una mancha.

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