“¡Pínchale el talón al muerto!”, me advirtió una mujer sin hogar. A la mañana siguiente, un médico me entregó un hombre con certificado de defunción, mientras su esposa preguntaba por el notario. Esperé a quedarme sola, le quité el calcetín izquierdo y descubrí algo que llevaba cuarenta años intentando olvidar.

Al terminar fui a buscar a Ofelia. No estaba en la parada. Caminé hasta el estacionamiento del edificio donde vivían Andrés y Patricia, cuya dirección figuraba en los documentos entregados a urgencias. El vigilante quiso correrme hasta que le expliqué que buscaba a una mujer mayor que dormía cerca del cuarto de máquinas.

La encontré sentada detrás de una barda, protegiendo sus pertenencias de la lluvia.

—Está vivo —le dije.

Ofelia cerró los ojos. Por primera vez la vi llorar.

Me contó que había trabajado como auxiliar contable y que llevaba meses durmiendo en aquel estacionamiento con permiso informal de un empleado. Desde las escaleras que daban al cuarto de máquinas había escuchado a Patricia discutir varias veces con Valdés. Hablaban de un certificado, de un traslado temprano y de una escritura. Ofelia había ido a pedir ayuda, pero en la recepción del hospital la echaron. Por eso me buscó a mí.

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