“¡Pínchale el talón al muerto!”, me advirtió una mujer sin hogar. A la mañana siguiente, un médico me entregó un hombre con certificado de defunción, mientras su esposa preguntaba por el notario. Esperé a quedarme sola, le quité el calcetín izquierdo y descubrí algo que llevaba cuarenta años intentando olvidar.

Horas después, los estudios apuntaron a una intoxicación por medicamentos que deprimían la conciencia y la respiración. No demostraban por sí solos quién se los había dado, pero derrumbaron la supuesta muerte natural. Laura presentó el reporte médico; yo redacté uno por separado, con los horarios exactos y las frases que había escuchado. Dejé asentado que el certificado era previo al traslado y que jamás se había realizado una valoración dentro de la clínica antes de mandarlo al área de resguardo.

Mi supervisora sugirió que descansara antes de declarar. Me negué. Pedí que se resguardara el expediente original y que se conservara el registro de llamadas de urgencias. También anoté el nombre del camillero que había recibido instrucciones de Valdés. Si alguien modificaba una hora, quedarían otras con las cuales contrastarla. No pensaba permitir que el hombre de la camilla terminara convertido en un simple error administrativo.

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