Cuando llegó el camión, Patricia subió sin despedirse. Me quedé en la banqueta un momento, temblando de coraje, y luego seguí mi camino. No había ganado una discusión. Solo me había negado a que hablara por él.
Un jueves encontré a Ofelia en el comedor comunitario al que había empezado a acudir. Llevé unas cobijas y un termo. Le agradecí otra vez que hubiera insistido aquella noche.
—Yo fui a pedir ayuda y nadie quiso escucharme —dijo—. Tú sí.
—Yo casi tampoco —admití.
No le prometí resolver su vida. La acompañé con una trabajadora social para recuperar documentos y buscar alojamiento temporal. Seguimos viéndonos algunos domingos. Aprendí que adoraba las novelas policiacas y que su segundo apellido era Escamilla.
Andrés regresó al taller poco a poco. Un domingo llegó a mi departamento con mandarinas y criticó la puerta descompuesta del baño. Mientras comíamos sopa de fideo, sacó una fotografía de sus padres adoptivos y la puso junto a la caja de recuerdos.