“¡Pínchale el talón al muerto!”, me advirtió una mujer sin hogar. A la mañana siguiente, un médico me entregó un hombre con certificado de defunción, mientras su esposa preguntaba por el notario. Esperé a quedarme sola, le quité el calcetín izquierdo y descubrí algo que llevaba cuarenta años intentando olvidar.

Cuando llegó el camión, Patricia subió sin despedirse. Me quedé en la banqueta un momento, temblando de coraje, y luego seguí mi camino. No había ganado una discusión. Solo me había negado a que hablara por él.

Un jueves encontré a Ofelia en el comedor comunitario al que había empezado a acudir. Llevé unas cobijas y un termo. Le agradecí otra vez que hubiera insistido aquella noche.

—Yo fui a pedir ayuda y nadie quiso escucharme —dijo—. Tú sí.

—Yo casi tampoco —admití.

No le prometí resolver su vida. La acompañé con una trabajadora social para recuperar documentos y buscar alojamiento temporal. Seguimos viéndonos algunos domingos. Aprendí que adoraba las novelas policiacas y que su segundo apellido era Escamilla.

Andrés regresó al taller poco a poco. Un domingo llegó a mi departamento con mandarinas y criticó la puerta descompuesta del baño. Mientras comíamos sopa de fideo, sacó una fotografía de sus padres adoptivos y la puso junto a la caja de recuerdos.

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