“¡Pínchale el talón al muerto!”, me advirtió una mujer sin hogar. A la mañana siguiente, un médico me entregó un hombre con certificado de defunción, mientras su esposa preguntaba por el notario. Esperé a quedarme sola, le quité el calcetín izquierdo y descubrí algo que llevaba cuarenta años intentando olvidar.

—¿Todavía la quieres? —le pregunté una tarde.

—Quiero a la mujer que creí que era. Lo difícil es aceptar que esa mujer no existe como yo pensaba.

Meses después, la Fiscalía comunicó avances en la investigación. Las posibles responsabilidades de Patricia y Valdés quedarían sujetas a las pruebas y a las decisiones judiciales. La casa seguía en litigio; el taller tampoco se recuperó de inmediato.

Una tarde encontré a Patricia en la parada del camión. Me reconoció de inmediato.

—Usted le llenó la cabeza de mentiras —dijo.

—Yo llamé al equipo que comprobó que seguía vivo.

—Él firmó el poder. Nadie lo obligó.

—Firmar un poder no significa aceptar que le hagan daño. Eso tendrá que explicarlo ante las autoridades.

Apretó el bolso contra su pecho.

—Usted no sabe lo que era vivir con él.

—No. Pero ahora Andrés puede decidir si quiere volver a verla.

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