“¡Pínchale el talón al muerto!”, me advirtió una mujer sin hogar. A la mañana siguiente, un médico me entregó un hombre con certificado de defunción, mientras su esposa preguntaba por el notario. Esperé a quedarme sola, le quité el calcetín izquierdo y descubrí algo que llevaba cuarenta años intentando olvidar.

—No lo diría. La primera vez no te protegí como necesitabas. Esta vez hice mi trabajo.

Me pidió que saliera. Lo hice. Pasaron tres días sin que nos viéramos. El cuarto apareció en la estación de enfermería sosteniéndose del barandal.

—Quiero saber cómo era yo de recién nacido —me dijo—. No hoy. Cuando pueda escucharlo sin enojarme.

—Cuando tú quieras.

—Y no me llames hijo todavía. No sé qué hacer con esa palabra.

Acepté. No era un castigo. Era su derecho.

Ofelia declaró sobre las conversaciones de Patricia y Valdés, y los investigadores cotejaron fechas con otros registros. La clínica modificó el procedimiento que permitía recibir un cuerpo sin una valoración independiente.

Andrés retiró a Patricia el acceso a las cuentas del taller, cambió contraseñas y nombró a un administrador provisional para pagar a sus empleados. Declaró formalmente y decidió continuar tanto el juicio por la casa como los trámites de divorcio.

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