—Sí. Tenía diecisiete años y mucho miedo. Mi madre había decidido que no podríamos mantenerte. Tu padre desapareció. Firmé porque pensé que no tenía otra salida, aunque nadie me explicó que podía pedir ayuda. Después quise regresar. Dos veces llegué hasta el albergue y me quedé afuera. Cuando supe que te habían adoptado, dejé de intentarlo.
—¿Y nunca volviste a buscarme?
—No. Tenía miedo de hacerte daño y también de escuchar que no querías verme. Eso último fue cobardía mía.
Andrés se levantó despacio y caminó hacia la ventana. No lo seguí.
—De niño esperaba que alguien llegara a recogerme —dijo—. Hasta que mis papás me explicaron que yo ya estaba en casa. Ahora entiendo por qué odio las despedidas. Pero no quiero que uses eso para decir que me salvaste dos veces.