—No quiero reemplazarlos —dijo.
—Ni yo quiero hacerlo.
—Entonces quizá podamos empezar por conocernos.
Empezamos con comidas breves y preguntas difíciles. A veces me decía Elena; otras no usaba ningún nombre. En noviembre me llevó al taller, orgulloso de una máquina que había arreglado. Tenía grasa en la frente y hablaba sin parar.
Al despedirnos, le acomodé sin pensar el cuello de la chamarra. Él no se apartó.
—Oye, mamá —dijo—, ¿vas a venir el domingo? Voy a hacer chilaquiles, pero te advierto que no sé cocinar.
Comprendí que no me estaba ofreciendo esa palabra por una prueba de sangre, sino después de conocer lo que hice y lo que callé. Era su decisión.
—Sí —contesté—. Llevo los frijoles.
No sé si una madre que renunció a su hijo merece una segunda oportunidad. Tampoco creo que el parentesco obligue a nadie a perdonar. Solo sé que, cuando apareció de nuevo alguien dispuesto a decidir sobre la vida de Andrés sin preguntarle, esta vez pude impedir que lo silenciaran. Lo demás no me correspondía decidirlo a mí.