“Pase lo que pase, no vayas antes de las 7”, me rogó mi vecino cuando mi marido llamó diciendo que su madre había sufrido un derrame cerebral. Pasé la noche despierta y llegué al amanecer. Allí descubrí que mi esposo tenía una amante y que ambos querían obligarme a firmar una deuda de 40 millones. No grité; guardé silencio hasta que apareció un hombre que sabía quién era yo realmente.

—Así es —respondió Gabriel.

Mi esposo volvió lentamente la cabeza hacia mí.

—¿Tú sabías que estábamos pidiendo ese dinero?

—Sabía mucho más que eso.

Me acerqué al enorme ventanal.

La lluvia había cesado.

Por primera vez en toda la mañana podía distinguir las montañas a lo lejos.

—Hace 2 años descubrí movimientos extraños en los registros contables de tu empresa. Facturas de proveedores inexistentes, pagos duplicados y transferencias hacia cuentas que no correspondían a operaciones comerciales.

Beatriz se puso rígida.

—¡Eso es mentira!

—Durante meses pensé que se trataba de errores administrativos. Después encontré transferencias vinculadas con sociedades controladas por ti y Alejandro.

Mi esposo comenzó a respirar agitadamente.

—No puedes demostrar nada.

—Por eso contraté auditores externos.

Gabriel sacó otra carpeta.

—Los informes fueron elaborados por especialistas independientes. Se conservaron comprobantes bancarios, registros electrónicos y documentación relacionada con operaciones que ahora están bajo revisión de las autoridades.

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