Alejandro apretó los puños.
—¡Me tendiste una trampa!
Lo miré con tristeza.
—No, Alejandro. Yo no provoqué que vaciaras las cuentas de tu empresa. Tampoco te obligué a mentirme ni a tener otra relación.
Valeria, que hasta entonces había permanecido callada, intervino:
—¿Y todo ese dinero es tuyo de verdad?
La observé.
Era joven, elegante y hermosa.
Pero sus ojos brillaban con la misma ambición que había visto durante años en mi suegra.
—El patrimonio pertenece a un grupo empresarial, Valeria. No es una cuenta bancaria que pueda regalarse ni utilizarse para comprar personas.
Ella miró inmediatamente a Alejandro.
—Me dijiste que tu familia tenía propiedades y millones invertidos.
—¡Y los tenemos! —respondió él.
Gabriel intervino.
—Varias propiedades están gravadas y algunas operaciones patrimoniales se encuentran sujetas a revisión.
Valeria se apartó lentamente del sofá.
—Alejandro, ¿qué está pasando?
Él no respondió.