“Pase lo que pase, no vayas antes de las 7”, me rogó mi vecino cuando mi marido llamó diciendo que su madre había sufrido un derrame cerebral. Pasé la noche despierta y llegué al amanecer. Allí descubrí que mi esposo tenía una amante y que ambos querían obligarme a firmar una deuda de 40 millones. No grité; guardé silencio hasta que apareció un hombre que sabía quién era yo realmente.

Era amable, divertido y aparentemente humilde.

Durante nuestro noviazgo jamás presumió su dinero.

Me llevaba a cenar tacos, caminábamos por los parques y hablábamos durante horas sobre nuestros sueños.

Pensé que había encontrado a alguien que me quería por lo que era.

—Mi papá murió hace 3 años —expliqué—. Y me dejó la mayor parte de sus acciones. Desde entonces dirijo el grupo a través de un consejo profesional. Nunca necesité demostrarlo con ropa costosa ni automóviles de lujo.

Alejandro se llevó ambas manos a la cabeza.

—¿Eres millonaria?

—Eso es lo único que te importa, ¿verdad?

No contestó.

Gabriel colocó un documento sobre la mesa.

—Hace 6 meses, Transportes Salinas solicitó financiamiento a una sociedad perteneciente a nuestro grupo. Se aprobaron dos créditos empresariales por un total de 40 millones de pesos, sujetos a condiciones específicas.

Alejandro miró los documentos.

—¡Ustedes eran nuestros prestamistas!

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