“Pase lo que pase, no vayas antes de las 7”, me rogó mi vecino cuando mi marido llamó diciendo que su madre había sufrido un derrame cerebral. Pasé la noche despierta y llegué al amanecer. Allí descubrí que mi esposo tenía una amante y que ambos querían obligarme a firmar una deuda de 40 millones. No grité; guardé silencio hasta que apareció un hombre que sabía quién era yo realmente.

Alejandro retrocedió.

—¿Qué estás diciendo?

Lo miré directamente.

—Mi papá, Roberto Del Valle, empezó fabricando muebles con sus propias manos. Después abrió un pequeño taller, consiguió contratos de construcción y, con los años, creó una de las empresas inmobiliarias más importantes de Jalisco.

Beatriz abrió la boca, pero no encontró palabras.

—Cuando lo conociste —continué mirando a Alejandro—, yo ya había decidido utilizar solamente el apellido de mi madre, Torres. Quería trabajar por mis propios méritos. No quería que la gente me tratara diferente por el dinero de mi familia.

Recordé el día en que había conocido a Alejandro.

Yo tenía 27 años y acababa de mudarme a Monterrey.

Había rechazado un puesto directivo dentro del corporativo de mi padre porque deseaba llevar una vida más sencilla.

Alejandro me entrevistó personalmente para un empleo en su empresa transportista.

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