Alejandro cerró la puerta del salón.
—Entonces hagámoslo por las buenas —murmuró—. Firma los documentos y podrás marcharte.
Me empujó hacia una silla.
Sobre la mesa había varios contratos, un bolígrafo dorado y una carpeta con mi nombre completo.
—No voy a firmar nada.
Alejandro sacó su celular.
—Tengo pruebas suficientes para hacerte pasar por una delincuente. También puedo involucrar a tus padres. Tú decides.
Sentí que el mundo se me venía encima.
En ese instante sonó el timbre.
Tres veces.
Alejandro salió furioso.
Escuché una voz masculina:
—Buenos días. Soy Gabriel Mendoza, representante del principal acreedor de Transportes Salinas.
Mi esposo regresó acompañado por un hombre elegante, de cabello entrecano.
Gabriel examinó los contratos.
—El plazo extraordinario para obtener una garantía venció a las 7 de la mañana —informó—. Cualquier nuevo acuerdo necesitará una revisión formal.
Alejandro palideció.